Un experimento sencillo
Hay un ejercicio, reto o desafío sencillo de realizar, cuyos resultados pueden sorprendernos; además de ser motivo de risa, pérdida de alguna apuesta o un momento de embromo al ver cómo cometemos un error que aparentemente no debería darse.
La instrucción del ejercicio es: “Lee el cartel, en voz alta”.
Previamente se escriben carteles con un nombre de color, pero escrito con una tinta diferente al color que se hace referencia. Por ejemplo, si escribimos AZUL lo hacemos con tinta de color ROJO. Luego, iremos mostrando cartel por cartel, a un ritmo ágil.
En la ejecución de este reto, ocurrirá que luego de algunos intentos (si no desde el primer ensayo), la persona que lee el cartel dirá el color de la tinta y no el nombre delcolor escrito.
Velocidad de pensamiento
Nuestro sistema sensorial o los canales por los que podemos acceder a información del exterior (vista, oído, olfato, tacto, gusto), capta o tiene una velocidad de entrada de mil millones de bits por segundo - lo que equivale a que podríamos descargar 62 documentos PDF en un segundo o una película en alta definición en 32 segundos, y podemos tomar como referencia que un ciclo de respiración, en reposo, es de aproximadamente entre 3 a 5 segundos -, imagina la cantidad de información a la que podríamos tener acceso en un minuto, hora o día. Estamos siendo bombardeados de datos todo el tiempo, sin tregua y sin poder escapar de ella.
Cuando hablamos de velocidad de pensamiento, aparece una de las paradojas del cerebro, si bien nuestros canales sensoriales nos dan una tasa de mil millones de bits por segundo, la velocidad en la que nuestra mente consciente puede procesar este volumen es alrededor de entre 40 a 50 bits por segundo. Aquí, nuestros amigos ingenieros dirían que hay una “sub-utilización de la estructura o de capacidad instalada”, lo cual es cierto; pero esta velocidad, de entre 40 a 50 bits, es al mismo tiempo una barrera para no colapsar, y más bien emplea filtros para decidir, de manera consciente o no, a qué prestamos mayor atención y a qué queremos responder.
Esta velocidad – 40 a 50 bits por segundo – nos permite funcionar productivamente y responder operativamente a un ritmo competitivo; siendo este volumen el que nos permite leer y analizar un libro, organizar, planificar y ejecutar tareas, mantener capacidad de aprendizaje y mejora, así como poder liderar en incertidumbre o cambio de paradigmas, entre otras actividades a las que nos veamos enfrentados.
Elección de lo que procesamos
Los resultados del experimento propuesto arriba, se explican del siguiente modo: Nuestro cerebro debe elegir qué procesar, a qué presta atención y cómo debe entender la información. Normalmente, por una cuestión de ahorro de energía o activación de circuitos neuronales, optará por lo más básico, lo que le resulta familiar o aquello que evite mayor conflicto o incertidumbre. Auditar nuestra propia manera de pensar sin duda requiere mayor control emocional, empleo de mayor tiempo y energía, además de que se corre mayor riesgo emocional, por la posibilidad de tener que enfrentar que nuestro juicio, posición o lo que defendíamos hasta ahora, está errado.
En el ejercicio propuesto, resulta que nuestro pensamiento se enfoca en la información más básica y en aquello en lo que estamos más entrenados, en este caso el color en sí; mientras que leer el texto relativo al color requiere mayor esfuerzo, mayor discriminación de los diferentes estímulos involucrados. Para simplificar, no vamos por el mundo leyendo colores, pero sí vamos por el mundo identificando colores; incluso sin saber qué nombre tiene cada color.
Creencias, prejuicios vs. consciencia
Otro camino que tiene nuestra mente para ganar velocidad es generalizar, asumir que nuestra experiencia directa o indirecta es lo más certero, decidiendo muchas veces que sólo hay una verdad y que nuestro punto de vista no requiere verificación. Esto, nos permite ir a mayor velocidad de decisión-ejecución, de entendimiento-conclusión. Sin duda es un gran filtro que nos puede facilitar la vida, en el sentido en que no hay que someter a juicio, ni auditar o reevaluar cada argumento, significado o dato.
Las creencias y pre-juicios, si bien nos dan mucha más velocidad de pensamiento, al mismo tiempo nos impiden desarrollar mayor consciencia, es decir darnos cuenta de lo que uno cree o de poder someter a juicio la propia idea. Si bien tenemos un punto de vista, este no es el único ni necesariamente el mejor. Decir que sólo hay un color blanco, nos impide percatarnos de la abundancia de tonos blancos. Ser consciente quiere decir darse cuenta de la información que hay más allá de lo que valoramos; lo que también nos permite ampliar nuestro acceso a información.
No es que debemos activar el 100% de nuestro cerebro, nuestro cerebro está activo al 100%, lo que pasa es que nuestra velocidad de procesamiento va en un rango menor, mucho menor; pero que también se ve restringido por nuestros prejuicios, la negación a aceptar otros análisis, nuestras creencias y apego a un solo punto de vista. Nos autorrestringimos, no aceptando que hay otros argumentos, otras metodologías, otros sustentos diferentes o a veces el temor a perder control, descubrir nuestros errores o salir de nuestra fortaleza de creencias, nos limita el acceso a administrar la información.
Un vendedor que va de puerta en puerta, experimentado y alerta a valorar la información; antes de tocar la siguiente puerta observa la fachada y puede descubrir si en ella viven personas ordenadas o no, observa la acera y descubre si hay uno o más vehículos, toca el timbre y puede descubrir si en ella son personas distraídas o no, ve el jardín y aprecia si las personas son cuidadosas o perseverantes. Sólo prestando atención a las ventanas, descubre si las personas quieren mayor privacidad o no toman en cuenta este aspecto. La cornisa de la ventana dice si tienen organización para la limpieza o no. Una vez que han rescatado todos estos datos, deciden cuál debe ser su discurso y lo que su prospecto quiere escuchar.
Ejercicio para casa
Frente a temas en los que ya tengas una opinión tomada, trata de escuchar como si no supieses nada, explora el punto de vista del otro, pregunta por qué lo cree, que te cuente qué es lo que toma en cuenta para ello y pregunta si puede ver otras alternativas o soluciones.
Psic. Orlando G. Cruz Neyra
Engrama Consultores